“Asesinato en el Orient Express” (2017)

 “Asesinato en el Orient Express” de Kenneth Branagh va cambiando de género juguetonamente tras incursiones en un cine comercial en el que no han cuajado demasiado bien sus raíces clásicas . Pero en este proceso de conversión en director de alto presupuesto y temáticas dispares ha demostrado, una pericia y capacidad de adaptación muy notables.



Con 'Asesinato en el Orient Express', Branagh parece haberse planteado este amable guiño al cine clásico (clásico pero no rancio: ha sido número 1 en España con 2.2 millones de euros recaudados en su fin de semana de estreno) con su efectividad habitual, cuidando las formas hasta el extremo, pero sin excentricidades que espanten al espectador medio. Con un plantel de actores que solo se pueden permitir unos pocos directores con una posición en la industria tan envidiable como la suya. Y como guinda, él mismo como maestro de ceremonias.


La primera de esas mutaciones es el propio papel de Hercule Poirot. Tanto en la novela original como en la famosa adaptación de 1974 dirigida por Sydney lumet y con Albert Finney como maestro detective, el investigador era el puente para contar diversas historias que culminaran en un crimen que afectaba a todos los presentes. En esta ocasión, Branagh no solo se reserva ese papel, sino que lo convierte en indiscutible protagonista.


Lo hace desde el prólogo en Jerusalén, donde moderniza al personaje con humor indiscutiblemente contemporáneo en un mini-caso que bebe de las encarnaciones previas del personaje, pero también de dos Sherlock Holmes actuales y popularísimos. El de Robert Downey Jr., del que coge parte de su arrogancia y su demoledora superioridad intelectual; y el de Benedict Cumberbatch, del que agarra sus excéntricas manías: si el de la BBC planteaba una versión caricaturizada del Síndrome de Asperger, este Poirot tiene tics obsesivo-compulsivos.


El objetivo está claro: crear franquicia y revitalizar al personaje, algo que con una ya anunciada 'Muerte en el Nilo' parece garantizado.


Poirot acapara aquí toda la atención, y lo hace desde el humor (esa funda bigotuda) y la inyección de sus propios traumas a superar.


El segundo y más importante es algo más complicado de entender sin haber visto la película. Baste decir que, desde la adaptación de Lumet al propio original de Christie, 'Orient Express' no es un whodunit al uso. A menudo se ha entendido como una reflexión sobre el género, y desde luego como un punto y aparte en el mismo.

En esta conclusión, que abraza la solemnidad sorteando la autoparodia, Branagh muestra sus cartas y demuestra por qué sigue siendo un autor respetado y todoterreno: es capaz de agarrar una novela de los años treinta, versionada decenas de veces, y volver a tomársela en serio. Hace falta una fe en el material muy notable, y el director la demuestra.


Y para ello, la envuelve en su clásica suntuosidad visual, aquí con una cámara que parece incapaz de verse encerrada en los estrechos compartimentos del Orient Express: planos imposibles sobrevolando techos y atravesando paredes, travellings exteriores, cenitales, exquisitos flashbacks... y un plantel de actores que van desde lo comedido y adecuado a lo sencillamente único -como Michelle Pfeiffer, en uno de sus mejores interpretaciones en años-.


Branagh no ha revolucionado las adaptaciones de Agatha Christie (ni parece que lo vaya a hacer a corto plazo: de todas las opciones posibles para continuar ordeñando la vaca, 'Muerte en el Nilo' es quizás la más conservadora), pero sí que ha revitalizado una propuesta que, sin el buen gusto del director, apestaría a alcanfor.


















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